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Voces - Febrero 2011

¿Será adoptar lo mismo que dar a luz? ¿Me sentiré tan satisfecha si adopto que teniendo un hijo biológico? ¿Podré querer con la misma intensidad a un hijo adoptivo que a un hijo que haya tenido en mi vientre? La respuesta a estas preguntas, en base a mi propia experiencia, es “sí”. Hay muchos caminos que llevan a la maternidad y todos son igualmente válidos.

Tengo la fortuna de ser madre de dos hijos maravillosos: un niño, Juan, de 6 años, y una nena, Katia, de 4 años. Me embaracé de Juan después de dos años de intentar concebir una y otra vez, pasé por diversos tratamientos de fertilidad (sufría infertilidad por causa desconocida) y finalmente logré concebir naturalmente, cuando había dejado la terapia hormonal y estaba en un intermedio, dado que el siguiente paso era la fertilización in vitro (FIV). En ese punto tuve que poner un alto y me negué a seguir adelante. Me negué porque para mí la noción de llegar a ser madre por medio de la adopción siempre fue tan válida como la de dar a luz, y no encontraba un justificación racional ni emocional para someter mi cuerpo y mi bolsillo a los rigores de la FIV. Mi esposo (hoy en día ex-esposo) no deseaba adoptar y por eso acepté sufrir varios ciclos de inseminación intrauterina (IIU), de inyecciones subcutáneas de Gonal-F y Clomifeno, de extracciones y análisis de sangre continuos. Padecí jaquecas continuas, mareos, subí de peso, y la menstruación se convirtió en mi peor enemiga pues era difícil soportar la carga emocional de ver, ciclo tras ciclo, que todos mis esfuerzos habían sido en vano.

Después de cuatro ciclos de IIU, asistí a una plática sobre FIV y a mitad de la misma me solté a llorar. Finalmente había llegado a mi límite y en ese momento entendí que lo que yo realmente deseaba era adoptar y descubrí que estaba dispuesta hasta a terminar mi matrimonio con tal de lograrlo. Mi deseo de ser madre era inmenso, y justamente entonces descubrí -con enorme sorpresa- que estaba embarazada.

Juan nació por cesárea después de 38 horas de trabajo de parto. Es un niño saludable, inteligente, divertido, precioso... Nunca creí poder sentir tanto amor y tanto orgullo por nadie. Mi relación con su padre, sin embargo, fracasó, y nos divorciamos cuando Juanito tenía tan solo 9 meses de nacido.

Pero yo quería tener más hijos, no quería que Juan fuera hijo único, como yo, deseaba formar una familia, anhelaba tener una niña.

Desde un inicio quedó descartada la idea de esperar a encontrar al “hombre perfecto” y luego apresurar la relación con el fin de potencialmente pasar otros dos años, o más,  tratando de concebir. Una relación de pareja debía darse a su propio ritmo y no al ritmo impuesto por mi reloj biológico.

La adopción siempre había estado en mi mente. Así que, sola, como madre soltera, comencé los trámites de adopción de Katia en el momento mismo en que obtuve mi decreto de divorcio. Tardé en tener a mi princesa en brazos, de principio del proceso a fin, exactamente dos años, el mismo tiempo que me tomó tener a Juan. Katia tenía un año y medio cuando la traje a casa y me llamó “mamá” desde el primer día que estuvo conmigo. La adoré con toda el alma desde el primer instante en que la vi.

Voces - Febrero 2011Así que puedo comparar y contrastar: ¿Hijo biológico o hijo adoptivo? ¡Es igual! El proceso de llegar a cada uno difiere, pero el resultado es el mismo. ¿Pasar dos años inyectándome hormonas o pasar dos años realizando trámites burocráticos? Ambos son desgastantes física, emocional y financieramente. ¿Siento más amor por uno que por el otro? ¡No! A cada uno lo quiero de manera distinta, lo cual pasa también cuando se tienen dos hijos biológicos o dos hijos adoptivos... son individuos diferentes, cada uno tiene sus virtudes y sus defectos. ¿Acepta la sociedad a mis dos hijos por igual? Sí, totalmente, jamás he sentido ningún tipo de discriminación hacia mi hija por ser adoptada.

La adopción, como camino a la maternidad, es realmente una alternativa tan válida como el embarazo. Hay que perderle el miedo, al principio ser madre es aterrador, no importa cómo se haya llegado a serlo, pero cuando tienes a tu hijo o hija en tus brazos, ya sea si salió de tu interior o llegó a ti caminando, todos los sacrificios sufridos para llegar a ese momento valen la pena.

Eso sí, al adoptar me convertí en educadora: cuando la dependienta de la tienda me pregunta si conozco a la “mamá verdadera” de mi hija, tengo que decirle suave y dulcemente que la mamá verdadera de mi hija soy yo, y aclararle que no, que no conozco a su madre biológica; cuando la amiga despistada me dice que no sabe si ella podría querer igual a un hijo que no fuera propio y yo le digo, sin enojarme, que dar a luz no es lo que te hace madre, y que mi hija es tan propia como mi hijo; o, tal vez lo más difícil, cuando Juan dice que él es mi hijo de verdad porque nació de mi vientre y que Katia tiene otra mamá que no soy yo, y yo les confirmo a ambos que los dos son mis hijos y le aseguro a Juan que lo que me hace su mamá no es el que él creciera en mi vientre, sino las noches que me levanto cuando tiene una pesadilla, el desayuno que le preparo en las mañanas, la tarea de la escuela que hacemos juntos, los juegos que jugamos, las pláticas que tenemos, los abrazos y besos que nos damos, todo el amor que derramo por él… exactamente igual que por su hermana.

Las satisfacciones que me ha brindado el ser madre superan todas las que he obtenido profesionalmente, románticamente, intelectualmente… Nunca se me ocurrió cuestionarme si adoptar sería igual que dar a luz porque lo daba por hecho. Instintivamente, sabía que hay muchos caminos que llevan a la maternidad y que todos son igualmente válidos. Hoy en día, puedo afirmar que, en efecto, lo son.

Sofía Calzada